Merche

¿Alguien sabe lo que siente una persona obesa? Yo vivo con esta enfermedad prácticamente desde que nací, así que intentaré explicarlo como niña, adolescente y adulta obesa.

Los primeros 13 años de mi vida los pasé en la capital, allí cursé la EGB, etapa que todos recordamos con cariño,  aunque en mi caso con algunos matices. Todos mis profesores coincidían en que yo era una alumna aplicada y buena estudiante. Sin embargo, y a pesar de mi corta edad,  cada día me enfrentaba a una serie de situaciones de las que mis compañeros no eran conscientes: siempre me sentaba al final de la clase para no molestar a mis compañeros porque era bastante grande (a lo alto y a lo ancho). No obstante, me sentía querida por todos, pero con el transcurso de los años empecé a discernir entre amor  e interés: el día del examen todos querían sentarse cerca de mí y yo creía que “soplando” las respuestas agradaría a todos ellos, así que me arriesgaba sólo por el hecho de ser más aceptada.

Fue con el comienzo de la pubertad (a los 11 o 12 años), etapa en la que los niños y niñas empiezan a convertirse en los hombres y mujeres que llegarán a ser, cuando comencé a darme cuenta de que muchos de mis compañeros se reían de mí en clase de gimnasia. Todos sabemos que los niños son crueles, pero nadie se imagina el daño que le pueden hacer a otro niño; también notaba que mis supuestas amigas se escondían de mí cuando quedaban después de clase,  e incluso alguna vez me dijeron que se avergonzaban de mi aspecto físico y por mi forma de vestir, ya que en la década de los 90 una chica como yo solo podía aspirar a comprarse ropa de persona mayor. Hoy día, mirando al pasado  y gracias a la educación y formación adquirida, puedo quizás entender que a esas edades la mayoría de los chicos y chicas se dejan arrastrar por la opinión de un “líder” y se dedican a ensañarse con los débiles, como era yo entonces debido a los complejos que acarreaba mi ENFERMEDAD.

He de hacer aquí un inciso, ya que en los tiempos que corren comienza a estar claro que obesidad y enfermedad van cogidas de la mano. Pero en el pasado el pensamiento general era que si uno estaba gordo era porque quería y además, la gordura se ligaba a otras muchas connotaciones despectivas (hoy día todavía existe algún recelo a considerar la obesidad como enfermedad pero en mi opinión, hay que llamar a las cosas por su nombre).

En este tiempo y fuera del colegio solía venir a Pechina todos los fines de semana, y junto con mi prima y otros niños y niñas del pueblo salíamos por las tardes y me sentía ignorada por muchos de ellos; quizás influía el no compartir colegio pero estoy segura que mi físico tenía gran parte de culpa, de hecho, aún hoy día me ocurre con las mismas personas, pero con la diferencia de que hace mucho tiempo que no me afecta lo más mínimo e  incluso hay ocasiones en que lo celebro.

Con 13 años me vine a vivir a Pechina  y empecé el Instituto.  La edad crítica de la adolescencia unida a un problema de menisco por el que no podía hacer gimnasia y mi aspecto físico, provocaron el que tuviera que soportar la mofa de algunos de mis compañeros, sobretodo el primer año; a veces no podía salir al recreo para no tener que soportar situaciones violentas y que me hacían sentir cada vez más pequeña, aunque mi aspecto exterior no lo reflejara. Pero no todo es negativo ya que en esos 4 años  todos comenzamos a madurar, aunque sea un poco, y en el presente aún conservo muy buenas amistades de aquella época.

En los tiempos difíciles siempre me ha quedado en consuelo de mis AMIGOS,  que siempre han estado ahí, nunca me han dado de lado y gracias a ellos he podido vivir esta enfermedad de manera diferente a lo que lo hacen otras personas que se encierran en sí  mismas y no salen de casa; en este aspecto, yo he sido todo lo contrario. Mis amigos, quizás sin saberlo me empujaban y me animaban a salir disfrutando entonces de momentos divertidos e inolvidables, lo que no quita que en ocasiones me diera vergüenza ir con niñas siempre perfectas y yo con el “saco” que me estaba bien.

En realidad, siempre he sentido lo mismo. Incluso los mejores momentos se han visto empañados a veces por algún comentario o algunas miradas impertinentes.

Por todo ello, sé que la persona en la que me he convertido no solo se debe a mi esfuerzo por no derrumbarme, sino que también se lo debo a los amigos y sobre todo a mi familia que siempre ha querido lo mejor para mí, incluso cuando mi actitud hacia ellos no era la mejor cuando me sugerían que hiciera dieta. Ahora sé que más allá de mi físico se preocupaban por mi salud, pero la verdad, es que a veces estaba harta de hacer dieta y no obtener resultados a largo plazo, ya que dejar peso y que todo el mundo lo aprecie es fantástico,  pero cuando lo recuperas en la mitad del tiempo que te has sacrificado, la verdad, que es frustrante.

Por fin, comienzo a estudiar enfermería y las distintas enfermedades que puede causar la obesidad. Al tomar consciencia de todo ello me asusté bastante; esto unido a que uno de mis amigos había sido sometido a Cirugía Bariátrica hizo que me planteara la posibilidad de operarme también. Esta no fue una decisión fácil para mí: me asustaba la operación, pensé en los pros y en los contras y me decidí. Empiezo a realizar todos los trámites necesarios para poder operarme, visita a los distintos médicos, pruebas…, y mi miedo se anuló por completo cuando hablé con mi cirujano y su equipo.

Cuando me llamaron para que ingresara en 4 días sentí miedo, nervios, ilusión y sobre todo mucha felicidad. El miedo pasó porque en realidad y aunque suene duro “tal vez prefería no vivir antes de seguir como estaba”.

Llegó el día de ingresar en el hospital y sorprendentemente estuve muy tranquila.  Supongo que influyó el cariño de mi familia y el personal sanitario, aunque esto  no quita que los nervios se acrecentaran a medida que se acercaba la hora de entrar en el quirófano.

Y tras la operación…¡SALIO OTRA PERSONA NUEVA! Todo cambia en ese momento, ni yo ni nadie que se haya operado puede explicarlo. Poco a poco  y a medida que pasa el tiempo,  te das cuenta de que eres una persona cada vez más feliz (quizás aprecias más lo poco feliz que eras antes), empiezas a tener personalidad (que antes tenías anulada por miedo a estar solo), me siento más ágil, puedo moverme y jugar con mis primos pequeños. Otras de las cosas que ha cambiado mi vida es que puedo vestir ropa acorde con mi edad, usar tacones y sobretodo ¡TENGO GANAS DE VIVIR!

Además, quizás en mi caso, me siento muy útil porque tengo la oportunidad y el honor de pertenecer a AsOFE, una asociación que me permite ayudar tanto a la persona obesa como a su familia.

Evidentemente y aunque mi cuerpo esté cambiando, creo que siempre me sentiré una persona obesa, por mis miedos e inseguridades adquiridos desde edad  temprana. No debemos olvidar que nuestro físico se recupera más rápidamente que nuestra cabeza.  Pero si que ha cambiado algo y es que en el momento en que noto algún rechazo pienso al respecto: “ELLOS SE LO PIERDEN”